¿Carne asada por la libertad de expresión? Gracias, pero no, gracias.

Como muchos reporteros de Tijuana, en vísperas del 7 de junio recibí varias invitaciones a eventos conmemorativos del Día de la Libertad de Expresión. Autoridades, candidatos y empresas organizan desayunos o comidas para la prensa bajo el argumento de reconocer su labor.

Esta relación con el poder tiene sus bemoles. Se supone que somos vigilantes de la verdad: independientes, críticos, exigiendo cuentas a los poderosos. Y sin embargo, dependemos de esos mismos personajes para el acceso y la información. Caminamos sobre la cuerda floja. La línea entre el acceso y la complicidad puede difuminarse, y la mayoría de los periodistas con los que convivo cargan esa tensión, todos los días.

Estuve brevemente en el acto organizado por el gobierno de Baja California. No puedo negar que el acercamiento con quienes llegan a ser nuestras fuentes puede ayudarnos a mejorar nuestra labor si mantenemos los límites.

Pero hay invitaciones más difíciles de aceptar que otras.

Como la del Grupo Caliente — conglomerado que opera desde casinos hasta el club Xolos — encabezado por Jorge Hank Rhon, ex alcalde de Tijuana, dos veces fallido candidato a gobernador, y padre de quienes hoy dirigen el PES.

No voy a asistir.

En ánimo de transparencia: hace unos meses estuve en una cena de comunicadores en una mesa pagada por Caliente. Tengo amistades que aprecio y que trabajan para esa empresa.

Hoy me es más difícil asistir, precisamente por la fecha.

Sigo recordando a Héctor Félix Miranda, más conocido como El Gato Félix.

En una Tijuana en acelerado crecimiento, El Gato era una voz poderosa para la gente común. Cada semana, los lectores esperaban su columna en Zeta: un repaso satírico a los políticos locales, en lenguaje llano, a veces crudo. La gente le tenía confianza. Le contaban los rumores detrás de los titulares, las cosas que todos sabían pero nadie publicaba. Era muy querido — con frecuencia más por ciudadanos de a pie que por sus colegas.

Cuando lo asesinaron en abril de 1988, Tijuana se conmocionó. Cientos acompañaron su féretro al aeropuerto. Jorge Hank Rhon jamás fue formalmente vinculado al crimen, pero la investigación llevó a la detención de sus guardaespaldas y empleados. Su nombre nunca se ha librado de esa sombra aunque ha dicho que no tuvo nada que ver con el homicidio.

La gente olvida, y antes de que se cumplieran dos décadas del crimen, Hank se convirtió en alcalde de Tijuana.

El crimen de Félix Miranda no fue el primero ni el último en una ciudad con una larga y desvaneciente historia de violencia contra la prensa

En enero de 2022, con menos de una semana de diferencia, asesinaron a dos periodistas en esta ciudad: Margarito Martínez, fotógrafo que cubría hechos policiacos, y Lourdes Maldonado, reportera que había pedido públicamente protección y señalado a Jaime Bonilla — entonces gobernador — advirtiendo que su vida corría peligro. Bonilla asegura que no tiene nada que ver. Las autoridades dicen que la investigación no está cerrada.

Tanto Jorge Hank Rhon como Jaime Bonilla — dos ex funcionarios cuyos nombres fueron relacionados, en distinto grado, a muertes de periodistas — hoy buscan regresar al poder, o colocar aliados que extiendan su influencia y promuevan sus interéses.

Puede usted aceptar la invitación, sentarse a la mesa y disfrutar la comida. Es su derecho. Pero si vamos a llamar a esto una celebración de la libertad de expresión, hay que tener memoria.

Yo solo ejerzo exactamente eso: mi derecho a reflexionar en voz alta sobre una convivencia auspiciada por alguien que carga, desde hace casi cuatro décadas, la sombra de haber — cuando menos — ayudado a silenciar a un periodista.

Quizá después tenga que ir como reportero a eventos que ellos organicen si se convierten nuevamente en gobierno. Eso ya dependerá de usted.

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