Asado por la libertad de expresión? Gracias, pero no, gracias.
Como muchos otros reporteros de Tijuana en la víspera del 7 de junio recibí varias invitaciones a eventos conmemorativos del día de la libertad de expresión.
Autoridades, candidatos y empresas organizan desayunos, comidas o alguna otra reunión ( muchas veces con rifas) para trabajadores y directivos de medios de comunicación
Aceptar estas invitaciones siempre ha sido un tema complicado. Una de esas llamó poderosamente mi atención.
Estos encuentros se hacen bajo el argumento de reconocer la labor de la prensa. De presumir que se cumple con la obligación del respeto a la libertad de expresión. O como una forma de ´´agradecer los favores concedidos´´.
Esta relación con el poder tiene sus bemoles, y siempre los ha tenido.
La designación misma del 7 de junio como el día en que oficialmente se conmemora la libertad de expresión es cuestionable, precisamente por su carácter oficial.
Se supone que somos perros guardianes — independientes, críticos, exigiendo cuentas a los poderosos. Y sin embargo, también dependemos de esos mismos personajes para el acceso, la información, la materia prima cotidiana de nuestro trabajo. Son nuestras fuentes. La información que generan le importa al público al que servimos.
Así que caminamos sobre la cuerda floja. Asistimos al desayuno o la comida, aprovechamos la ocasión para convivir con cierta calma con los colegas que generalmente vemos entre las prisas de la cobertura informativa. Y podemos incluso sacar cierta ventaja del acercamiento con las autoridades para ´´trabajar la relación — sin perder de vista por qué estamos ahí.
Pero muchos -parece que no todos- estan conscientes de que la línea entre el acceso y la complicidad puede difuminarse. La mayoría de los periodistas que conozco cargan esa tensión calladamente, todos los días.
Por eso hay invitaciones que son más difíciles de aceptar que otras.
Entre las que recibí este año estaba una del Grupo Caliente — un conglomerado que opera desde salas de bingo y casinos hasta el club de fútbol Xolos — todo encabezado por Jorge Hank Rhon, ex alcalde de Tijuana, dos veces fallido candidato a gobernador del estado, y padre de quienes hoy dirigen el partido político PES.
No voy a asistir.
Agradezco la amabilidad de la gente que consideró invitarme. Tengo algunos amigos y conocidos que desde hace mucho trabajan en Caliente y los reconozco como profesionales e incluso buenas personas.
En ánimos de transparencia debo decir que hace unos meses asistí como invitado a una cena organizada por un grupo de comunicadores y ocupé un lugar en la mesa que pagó el Grupo Caliente en apoyo a ese Colectivo.
Sin embargo hoy me es más difícil justificar ir, tal vez precisamente por la fecha.
Respeto las decisiones de otros periodistas y empresas de medios que estarán presentes. Es su elección. Pero me cuesta trabajo reconciliarme con esta invitación en particular.
Por si a alguien le interesa y para entender por qué, recordaré a Héctor Félix Miranda — El Gato — y lo que significó para esta ciudad.
En una Tijuana en acelerado crecimiento y que cambiaba aún más rápido, El Gato era una voz poderosa para la gente común. Cada semana, los lectores esperaban su columna en el semanario Zeta, “Un poco de algo” — un repaso satírico e irreverente a los políticos locales y sus abusos y excesos, escrito en párrafos cortos, en lenguaje llano, a veces crudo y vulgar, pero nunca intencionalmente ofensivo. Era el lenguaje que la gente usaba. Y limitaba sus caracteres como en sus orígenes lo hizo el Twitter. Aunque no siempre eran 140.
La columna era mitad chisme político, mitad crónica social — y funcionaba gracias a una relación discreta y poderosa que ´´El Héctor´´ había construido con sus lectores a partir de las noticias. La gente le tenía confianza. Le contaban los detalles que no llegaban a la versión oficial: los rumores detrás de los titulares, el comportamiento privado de los poderosos, las cosas que todos sabían pero nadie publicaba. Él convertía esos datos en ilustración, burlándose de la élite de la ciudad con el tipo de información privilegiada que los incomodaba y que hacía sentir a sus lectores, por una vez, que ellos – los que tenían mucho o poquito poder- eran como cualquier otro. Como uno de esos poderosos a pesar de las distancia social.
Era un columnista que ayudaba a la gente. Exponía sus problemas, empujaba a la comunidad a movilizarse y daba voz a quienes no la tenían. Era muy querido. Con frecuencia más por ciudadanos de a pie en toda las colonias que por sus colegas periodistas.
Cuando lo asesinaron en abril de 1988, Tijuana se conmocionó. La gente salió a las calles — no solo reporteros, sino residentes comunes que sintieron la pérdida de manera personal. Cientos acompañaron su féretro al aeropuerto. El crimen ocurrió en medio de un clima político ya cargado de hartazgo por la corrupción y los excesos de los poderosos. En esa época, la muerte de un periodista se sintió como un mensaje para todos los que levantaban la voz.
Jorge Hank Rhon jamás fue formalmente vinculado al asesinato. Pero la investigación llevó a la detención de sus guardaespaldas y empleados.
Cuando mucho tiempo después, fue liberado de la prisión del Hongo, en Tecate, por un asunto no relacionado con el homicidio de Félix Miranda, Jorge Hank me dijo que no tenía que ver con su asesinato.
Su nombre nunca se ha separado del todo de esa sombra y el mismo semanario que El Gato Felix fundó, ha mantenido el reclamo semanal por la impunidad que protege al autor intelectual de su homicidio.
En aquel momento, las ambiciones políticas de Jorge Hank — conocidas desde su llegada a la ciudad — lo convirtieron, a ojos de muchos tijuanenses, en figura casi non grata. Incluso a pesar del peso de una de las familias políticas más poderosas de México detrás de él, ligada durante generaciones al PRI y sus prácticas no siempre limpias. Perdió el favor de los votantes.
Pero la gente olvida. Y antes de que se cumplieran dos décadas del crimen se convirtió en alcalde de Tijuana.
No hay que ignorar estas celebraciones en sí mismas. Están organizadas, en gran medida, por las mismas instituciones gubernamentales y figuras poderosas que dicen preocuparse por la libertad de prensa y la libertad de expresión. El gesto se agradece. Pero la realidad es otra cosa.
Porque las condiciones para un periodismo verdaderamente libre en esta ciudad — y en este país — siguen siendo precarias.
La presión sobre la prensa rara vez llega en forma de prohibición directa. Es más sutil. Llega a través del flujo de publicidad oficial, premiando a los medios que miran hacia otro lado y alaban sistemáticamente a los gobernantes, políticos, empresarios o grupos de interés. (Hacer de palero puede ser muy lucrativo.)
Llega asfixiando veladamente a los que no lo hacen. Llega mediante la marginación — el lento ostracismo de reporteros y organizaciones periodísticas que se toman en serio su papel de vigilantes del poder, que hurgan donde los funcionarios preferirían que nadie hurgara. Llega a través de la proximidad, del acceso retirado, del mensaje no dicho de que la independencia tiene un precio.
Y a veces llega a través de la violencia.
Tijuana tiene una larga, dolorosa y desvaneciente historia de periodistas asesinados en circunstancias que nunca se resolvieron del todo. Héctor Félix Miranda no fue el primero, ni fue el último.
En enero de 2022, con menos de una semana de diferencia, otros dos periodistas fueron asesinados aquí en Tijuana.
Margarito Martínez, fotógrafo que cubría crímenes y violencia fue asesinado un lunes.
Y el domingo siguiente mataron a Lourdes Maldonado, reportera que había pedido públicamente protección, que había señalado a Jaime Bonilla -Entonces gobernador del estado y amigo del presidente López Obrador- y advertido que su vida corría peligro. Ambos casos proyectaron sombra y sospecha que no se ha disipado del todo.
Jaime Bonilla que ahora dirige el Partido del Trabajo, me ha dicho que no tiene nada que ver con el homicidio Pero las autoridades dicen que no han cerrado la investigación y no han descartado varias hipótesis de la autoría intelectual.
Lo que nos lleva a una coincidencia llamativa en el presente. Tanto Jorge Hank Rhon como Jaime Bonilla — dos ex funcionarios cuyos nombres fueron relacionados, con distintos grados de evidencia, a las muertes de periodistas — hoy luchan por regresar al poder, o al menos por colocar aliados en posiciones de gobierno que extiendan su influencia y protejan sus intereses.
Así que usted puede elegir ir a la carne asada de este domingo. Puede aceptar la invitación, sentarse a la mesa y disfrutar la comida. Es su derecho
Pero si vamos a llamar a esto una celebración de la libertad de prensa y de expresión, seamos honestos.
Yo solo estoy ejerciendo exactamente eso: mi derecho a reflexionar en voz alta sobre una convivencia informal auspiciada por alguien que carga, desde hace casi cuatro décadas, la sombra de haber- cuando menos- ayudado a silenciar a un periodista.
Y ayudarle a recordar a usted, que hay más personas que han seguido un camino similar y siguen buscando el apoyo de la gente. Lo que sigue, dependerá de usted.
¡Que viva la libertad de expresión!.













