EEUU-Israel e Irán, tensiones

Por José María Ramos / Profesor Investigador del COLEF.

Foto: © Unsplash/Sina BaharIsfahán, ciudad en Irán, vía Noticias ONU.

El 13 de junio Israel inició sus ataques contra instalaciones militares y nucleares iraníes,
así como contra altos mandos de las fuerzas armadas de Teherán y contra científicos
nucleares.

El objetivo era reducir la capacidad nuclear iraní. En respuesta, Irán lanzó
ataques con misiles sobre el territorio israelí, en los que han muerto una veintena de
personas y decenas han resultado heridas.

Desde marzo de 2025, se intensificaron los enfrentamientos indirectos entre Israel y
fuerzas proiraníes en Siria, Líbano, Irak y Yemen. La elección del presidente Donald
Trump en EE.UU. generó un cambio geoestratégico, con un discurso permisivo hacia
acciones israelíes preventivas, debilitando las presiones multilaterales sobre Tel Aviv.
Informes del OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) de abril 2025 alertaron
que Irán había acumulado suficiente uranio enriquecido al 60 % para armar una
bomba en menos de 3 meses si optaba por enriquecer al 90 %.

El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) emitió una alerta el sábado 22 de
junio de 2025 a raíz de los ataques de Estados Unidos a infraestructura nuclear de Irán
sobre posibles ciberataques dirigidos a infraestructura crítica en territorio
estadounidense.
El 23 de junio de 2025 se genera un ataque Irán contra la Base Aérea Al Udeid en
Qatar, aunque interceptado sin víctimas, tiene efectos colaterales que pueden
trascender Oriente Medio.

La base militar de Al Udeid, en Doha, es la mayor base aérea estadounidense en Oriente Próximo.

Tiene capacidad para más de 10.000 personas y sirve como cuartel general avanzado

del CENTCOM, el Comando Central de Estados Unidos, un comando del Pentágono

responsable de las operaciones militares en una amplia área geográfica que va

de Oriente Próximo a regiones del sur de Asia, pasando por Asia Central
(El País, 23 junio 2025).

Estados Unidos tiene instalaciones militares en al menos 19 emplazamientos en la
región, ocho de ellos consideradas permanentes: Arabia Saudita, Bahréin, Egipto,
Emiratos Árabes Unidos, Irak, Israel, Jordania, Kuwait, Qatar y Siria. Irán
mantiene un avanzado programa nuclear con potencial de desarrollo armamentista.

Fueron seis misiles lanzados por Irán a Qatar, si bien no dejan de ser peligrosos, no tienen
nada que ver con el bombardeo masivo de misiles y drones que Irán probablemente aún
tiene capacidades para lanzar.

La alerta del DHS adquiere un nuevo significado tras el ataque con misiles de corto
alcance por parte de Irán a la base de Al Udeid en Qatar el 23 de junio. A
continuación, se analiza la relación directa e indirecta entre ambos eventos y sus
implicaciones en la frontera México–Estados Unidos bajo la nueva administración
republicana.

El DHS alertó el sábado 22 de junio sobre intentos de penetración en redes federales,
sistemas de control logístico de transporte y plataformas de datos aduanales, atribuidos a 2
actores afiliados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y a proxies
cibernéticos como APT39 o MuddyWater.

Aunque el ataque físico en Qatar ocurrió después, la cronología sugiere una operación híbrida premeditada, donde:

 Los ciberataques tenían el objetivo de distraer, degradar capacidades de alerta
temprana y disuadir contraofensivas.


 Podrían haber sido usados para sondear vulnerabilidades críticas antes del ataque
balístico, afectando comunicaciones, radares y logística táctica.

El Gobierno de Irán es un régimen autoritario, que ha desarrollado en secreto partes de
su programa nuclear —tal y como lo han verificado los inspectores del Organismo
Internacional de la Energía Atómica— y que reprime a su población, especialmente a las
mujeres. Es probable que una amplia mayoría de la población iraní deteste al régimen.

Este contexto es una de las principales vulnerabilidades del régimen iraní. Además, Irán
ha promovido a grupos terroristas como Hezbola, Hamás y grupos huties y chíitas en
Irak y Siria.

Irán dispone de misiles balísticos de corto alcance (SRBM) —como el Fateh-110 (~300
km) wikipedia.org, el Fateh-313 (300–500 km) wikipedia.org y el Raad-500 (~500 km)
wikipedia.org— diseñados para ataque de precisión contra infraestructuras tácticas en su
entorno inmediato.

La acción iraní demuestra la capacidad de Teherán para proyectar
fuerza más allá de su “zona inmediata”, forzando a Estados Unidos a prever escaladas
en misiles de rango medio, no sólo en el Golfo Pérsico sino en cualquier teatro donde
mantenga bases avanzadas.

Un riesgo del conflicto regional es el cierre unilateral del estrecho de Ormuz por parte
de Irán tras la ofensiva estadounidense a sus instalaciones nucleares. Por dicha región
pasa una cuarta parte del crudo mundial, según los datos más recientes de la Agencia
Internacional de la Energía. Ormuz lleva décadas desempeñando un papel esencial en la
distribución de crudo a lo largo y ancho del mundo: prácticamente toda la producción
petrolera de Oriente Próximo pasa por allí (El País, 22 junio 2025).

Cabe mencionar que más del 20% de los buques que transportan gas que se mueven
por el mundo cruzan Ormuz. Su cierre sería la mayor sacudida desde la invasión rusa de
Ucrania, en 2022. Ormuz es la vía de entrada más directa —y en algunos casos única—
para la entrada de cereales, azúcar y otros alimentos en muchos países del Golfo (El País,
22 junio 2025).


La escalada bélica entre Israel, Irán y Estados Unidos en junio de 2025 representa un
punto de inflexión en la arquitectura de seguridad internacional y en la lógica de disuasión
regional en Medio Oriente. Lejos de ser una serie de episodios aislados, esta secuencia
revela la convergencia entre estrategias militares preventivas, proyecciones de
poder sin mediación multilateral y una nueva forma de diplomacia
transaccional, en la que la fuerza precede al diálogo.
La operación israelí del 13 de junio marcó el quiebre definitivo del equilibrio tácito de
contención sobre el programa nuclear iraní. Al atacar directamente instalaciones clave,
Israel asumió el costo de romper el statu quo regional, argumentando que Irán había alcanzado

el umbral técnico para desarrollar un arma nuclear. Esto aceleró el colapso del
marco del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA (por sus siglas en ingles) y empujó a
Irán a asumir una posición de represalia asimétrica y regionalizada.


El involucramiento directo de Estados Unidos el 22 de junio amplificó la escalada,
reposicionando a Washington como actor militar activo en el conflicto y no sólo como
garante de Israel.

Sin embargo, esta acción tuvo consecuencias geopolíticas de doble filo:
por un lado, reafirmó la alianza estratégica con Tel Aviv; por el otro, acentuó la
percepción de alineamiento unilateral, debilitando la capacidad de EE.UU. para
liderar procesos multilaterales creíbles.


El ataque iraní del 23 de junio contra la base de Al Udeid en Qatar, aunque contenido,
demostró la capacidad de Teherán para proyectar fuerza hacia intereses estadounidenses
sin cruzar el umbral de una guerra total.

Esta respuesta calibrada indica que Irán busca mantener el conflicto dentro de una lógica de disuasión controlada, utilizando la amenaza misilística y la guerra híbrida como herramientas de presión sin descartar canales diplomáticos.

En este contexto, el acuerdo de alto al fuego propuesto por el presidente Trump el 23 de
junio, aunque eficaz en la contención inmediata, debe entenderse más como una tregua
táctica que como una solución estructural (New York Times, 23 junio 2025).

El presidente estadounidense capitalizó políticamente la desescalada y proyecta una imagen
de líder resolutivo, pero lo hace desde un paradigma de diplomacia coercitiva, sin
atender las raíces profundas del conflicto: la desconfianza estratégica, la carrera
armamentista y la fragmentación del orden internacional.


Más allá del éxito momentáneo del cese al fuego, el saldo estratégico deja una región más
volátil, un sistema internacional más polarizado y un precedente peligroso: el uso de la
fuerza como mecanismo previo a la negociación.

El orden multilateral queda erosionado,
y actores como China, Rusia y los Estados del Golfo reconfigurarán su papel en función de
este nuevo equilibrio impuesto por la acción bélica y la diplomacia ad hoc.


Desde una perspectiva de seguridad global, este episodio subraya tres tendencias
preocupantes:

  1. La normalización de la acción preventiva militar como herramienta legítima de
    política exterior.
  2. La debilitación de los acuerdos multilaterales de no proliferación, como
    el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y el Plan de Acción Integral Conjunto
    (JCPOA).
  3. La reconfiguración del papel de EE.UU. como actor que combina poder
    militar con diplomacia de alto riesgo, en contextos donde la institucionalidad
    internacional está ausente o neutralizada.
  4. Finalmente, para América Latina —y especialmente para México—, esta secuencia refuerza
    la necesidad de entender que las guerras regionales ya no son fenómenos lejanos. La
    interdependencia energética, digital, migratoria y de seguridad convierte a la
    frontera norte en un espacio de riesgo indirecto pero estratégico, donde el conflicto global se proyecta a través de amenazas híbridas, reasignación de recursos militares alteraciones en los flujos económicos y humanos.

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