Salud mental transfronteriza
Cirugía estética, tratamientos dentales, procedimientos bariátricos: son los servicios que suelen encabezar la promoción del turismo médico en la frontera. Sin embargo, hay un sector que atiende a un número creciente de pacientes provenientes de Estados Unidos y que rara vez aparece en esas campañas: la salud mental.
Así lo explica la psicóloga Itzel Soler, terapeuta con años de experiencia en la región, quien atiende principalmente a adolescentes y adultos jóvenes dentro de un grupo clínico integrado por psiquiatras, psicólogos infantiles, especialistas en terapia de pareja y una neuropediatra. Para Soler, la ausencia de la psicología en la promoción del turismo médico tiene una explicación: procedimientos como la cirugía estética o la atención dental generan mayor derrama económica en la ciudad que un proceso terapéutico, que además tiende a ser más largo e individualizado.
“Se habla más de lo que más deja”, resume.
La terapeuta describe un aumento sostenido de pacientes buscando atención psicológica desde la pandemia, cuando padecimientos como la depresión y la ansiedad se dispararon. Y ese flujo no se ha detenido: a la par del legado emocional del confinamiento, la especialista identifica un nuevo detonante que hoy empuja a más personas —muchas de ellas del lado estadounidense— a buscar ayuda profesional: el clima político y social derivado de los cambios de gobierno en Estados Unidos.
“El entorno actual, desde la cuestión migratoria hasta las políticas en general de gobierno, la violencia que estamos viendo, está afectando a la gente y le está haciendo buscar atención de salud mental”, señala.
Uno de los cambios más significativos que Soler observa en su consulta no es solo cuántos pacientes llegan, sino qué tipo de malestar traen. Antes de este escenario político, dice, muchos casos que hoy se relacionarían con el contexto migratorio se hubieran diagnosticado simplemente como un trastorno de ansiedad: un miedo desproporcionado frente a una amenaza que, en los hechos, no era inminente.
“Antes pudiéramos hablar de que era un diagnóstico de un trastorno de ansiedad porque no había algo verdaderamente amenazante. Ahora la realidad está en que sí es algo amenazante verdaderamente”, explica la terapeuta, para quien la diferencia central está en que el riesgo “ya no es meramente una idea, es un riesgo latente”.
La psicóloga reconoce que este tema genera debate incluso entre sus colegas: ¿dónde termina un trastorno de ansiedad y dónde empieza una reacción proporcional a una amenaza real y cotidiana? Según Soler, antes el peso recaía más en distorsiones cognitivas del paciente —el miedo superaba con creces a lo que en realidad estaba ocurriendo—, pero hoy la ecuación se ha invertido: las emociones de las personas responden a hechos concretos y verificables. Entre ellos, menciona las deportaciones, el amedrentamiento a través de redes sociales y comentarios racistas que algunas personas reciben en espacios públicos por hablar español.
Frente a este panorama, Soler considera que Tijuana ofrece a los pacientes estadounidenses un tipo de atención con ventajas concretas frente al modelo con el que muchos ya están familiarizados en Estados Unidos.
La primera, dice, es cultural. A diferencia de una terapia marcada por el cuidado ético extremo y cierta distancia profesional —producto, según ella, de una cultura estadounidense más individualista y litigiosa—, la relación terapéutica en México suele construirse desde una calidez que, asegura, facilita la apertura del paciente. “No somos amigos, pero hay una confianza terapéutica”, puntualiza, un matiz que considera clave y que no debe confundirse con falta de límites profesionales.
A esa cercanía se suma un cambio de percepción: cada vez más pacientes extranjeros y mexicano-americanos consideran que la calidad de los servicios psicológicos en Tijuana es alta, revirtiendo un estigma que históricamente pesaba sobre los servicios de salud del lado mexicano.
No hace falta estar “mal” para acudir a consulta.
“Todos tenemos una historia, todos tenemos un pasado, todos tenemos un tipo de crianza”, explica. Incluso los padres que educaron con amor, agrega, inevitablemente dejan marcas o heridas que después pueden trabajarse en terapia, sin que exista un motivo específico o una crisis que lo detone.
Soler reconoce que muchas veces sí hay una razón concreta: una separación de los padres, un divorcio, la pérdida de un empleo, dificultades económicas. Son, dice, algunos de los temas más frecuentes entre la población que atiende. Pero insiste en que el proceso terapéutico no depende de tener “un punto” claro por el cual llegar a consulta; el trabajo emocional, señala, siempre tiene algo que ofrecer.
Más allá de los síntomas o los motivos que llevan a alguien a buscar ayuda, Soler describe la experiencia de ir a terapia en términos simples: liberador. Su invitación no está dirigida únicamente a quienes atraviesan una crisis evidente, sino a cualquier persona que sienta curiosidad por entender mejor su propia historia, sus tensiones físicas o su forma de relacionarse con el mundo.
El mensaje, en el fondo, es una invitación a quitarle a la terapia el peso del estigma: no es un espacio reservado para el extremo del sufrimiento, sino una herramienta disponible para prácticamente cualquier persona, en cualquier etapa de su vida.
Y, al final de la lista pero no menos determinante, está el factor económico. Una consulta de psicología en Tijuana puede costar entre una tercera y una cuarta parte de lo que se paga por el mismo servicio en Estados Unidos, una diferencia que, combinada con la calidez terapéutica y la creciente confianza en la calidad del servicio, explica por qué cada vez más personas del otro lado de la frontera eligen cruzar para cuidar su salud mental.













