EL ASESINATO DE FEDERICO

Libró la cárcel pero no la muerte por narcomenudeo.

Por Vicente Calderón.

Tijuana, sábado 15 de febrero de 2020.

Esta nota es parte del seguimiento al reportaje especial

«Tijuana: Zona libre para el narcomenudeo»

Federico tenía 24 años cuando lo hallaron sin vida en las ruinas de lo que alguna vez fue una casa.

Ahora es un terreno abandonado que los vecinos identifican como «picadero», un sitio donde se reúnen los adictos a drogarse en una de las colonias del este de Tijuana.

Ahí donde parece haber más asesinatos que calles pavimentadas.

Lo encontraron un 21 de diciembre. Una semana antes de que le tocara la cita para el examen antidoping que el sistema judicial le había impuesto como condición para que recuperara su libertad en septiembre del mismo año.

El acuerdo que Federico aceptó fue una salida alternativa. Un juicio abreviado le llaman.

Uno de los beneficios del nuevo sistema de justicia penal según le dijo la Jueza Lourdes Garza Chavez, que presidió la audiencia donde lo presentaron tras  detenerlo por narcomenudeo.

Casi nadie quiere hablar de Federico. Su abuela quien lo cuidó desde pequeño mientras su madre trabajaba no quiere entrevistas. Se le nota el dolor por la muerte del nieto.

«Ya no le muevan. Dios se encargará» dice palabras más, palabras menos con amabilidad y resignación.
Reconoce que hubiera sido mejor que se hubiera quedado en la cárcel.

«Mejor encerrados que enterrados» alcanzó a expresar antes de despedirnos.

No es difícil entender la renuencia a hablar. Varias de las personas a las que preguntamos por Federico se rehusaron a platicar o lo hicieron con muchas reservas.

Una de esas personas dijo que la colonia es considerada «zona roja» por los constantes crímenes que ahí ocurren.

Otros residentes de la «Loma Bonita» comentan que prefieren no salir de noche por el miedo a la delincuencia y a la policía.Esa es una constante por estos rumbos.

«Los policías son peores que los rateros» dijo una mujer recalcando que a su hijo adolescente solo le deja salir para ir de la casa a la escuela para evitar problemas.

Quienes conocieron a Federico refieren que su adicción a las drogas empezó desde los 15 años con la marihuana. Y ya tenía tiempo atrapado por el cristal (metanfetamina).

Recuerdan que ya robaba incluso a sus familiares para «mantener su vicio», mucho  antes de que lo detuvieran por última vez en septiembre, cuando lo vimos en la sala 4 de los juzgados.

 

Antes había pasado varios meses en la penitenciaría. Pero cuando salió – un poco más gordito recuerdan-volvió a lo mismo.

Se quejan de que la policía lo detenía frecuentemente. Que a veces ellos le sembraban droga para justificar la detención. Que lo torturaban.

«Él decía que no tenía miedo de morirse. Dijo que cuando se muriera no quería nada. Que mejor lo enviaran a la fosa común»  comenta un joven que convivió con él.

Varios cuentan que no hubo investigación sobre su asesinato. Los datos de la policía ministerial sobre el descubrimiento de su cadáver no coinciden.

Documentos oficiales dicen que tenía «tres heridas por objeto contuso en región cefálica y 5 hematomas en la espalda».

Pero mientras le versión policiaca dice que fue en la calle Nayarit, el «picadero» estaba en la calle Baja California. Y el número que aparece en la tarjeta de la Procuraduría está a más de media cuadra de distancia, en otro domicilio.
Quienes llegaron al lugar del hallazgo refirieron que tampoco fue cierto que su madre identificó el cadáver.

Dicen que a ella no la dejaron verlo y que fue otro familiar quien mediante una fotografía confirmó su identidad.

Federico también mintió cuando dio su dirección el juzgado y cuando afirmó que trabajaba en una maquiladora. Ese empleo lo había dejado años atrás.

Lo que sí fue cierto es que tiene una hija pequeña.

Una mujer nos señaló el lugar donde hallaron el cuerpo y otros estudiantes que pasaban de regreso de la escuela reiteraron que fue en la vivienda en ruinas donde vieron a la policía.
Dos pedazos de cinta amarilla de la corporación evidencian dónde fue la escena del crimen.

«Nadie sabía todavía. Yo iba por ahí, iba a la Soriana  y pasé por ahí y pos alcancé a mirar que pasaron los placas y miré que estaba abierta la puerta y me dio tentación y fui a ver», dijo una vecina.

«Estaba él tirado ahí. Era muy buena persona»
«Buena persona, buen amigo» reitera. En la breve conversación que transcurre con prisa y la evidente ansiedad de ella por platicar con la prensa, aclara que tampoco tenía tanto tiempo de conocerlo.

«!No! Tenía poquito pero nunca se comportó mal conmigo ni con «nadien» (sic)  yo que sepa, no».

¿Qué sintió cuando se enteró que lo habían matado ? le preguntamos.

No, pues algo feo. Es feo eso. Saber que ya no lo vas a volver a ver es feo ¿No?

¿Le da miedo vivir aquí?

Sí pues sí. Por lo mismo. Matazones», exclama.

¿Hay mucha muerte por acá?

«Sí. Otras tres, cuatro partes más que ha pasado lo mismo. Diferente caso pero lo mismo»  expresa antes de irse.

Ella igual que Federico, están en el rango del peligro por su edad.

La mayoría de los casi 7,500 asesinados en los últimos 3 años son jóvenes de 24 a 35 años. La mayoría de estos crímenes en Tijuana se relacionan con el narcomenudeo.
Pero parece que por su condición de farmacodependientes no le importan a mucha gente.

Irónicamente su problema de adicción fue el pase para librar la cárcel.

Ahora yace en el panteón.

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