TODOS SOMOS ENEYDA…Y ALDO

ALDO Y ENEYDA(1)

Editorial.

Por Vicente Calderón.

Tijuana, sábado 7  de mayo  de 2016.

 

Durante días estudiantes de medicina de la UABC  se solidarizaron con la familia de su compañera Eneyda Ramos, cuyo cuerpo fue encontrado el sábado después de que la reportaran desaparecida.

La mayor manifestación de respaldo, indignación y reclamo ocurrió el cuatro de mayo frente a la Procuraduría Estatal de Justicia.

La presión funcionó. Y esa noche las autoridades realizaron un impresionante operativo para capturar a la pareja de estudiantes que desde un principio, aparecían como sospechosos del estrangulamiento de Eneyda, quien estaba a punto de terminar su carrera.

Una decena de patrullas salieron en convoy cerca de la media noche.

Rodearon la casa de Alejandro Castellanos, el ex novio de Eneyda, y cerraron las calles aledañas. Tocaron la puerta y la madre alcanzó a despedirlo cuando accedió a ir con los policías.

No opuso resistencia.

Como la mitad de ese contingente se movió a la colonia Revolución. Ya era la madrugada del 5 de mayo.  La escena fue similar en la casa de los padres de Karla Vanessa Garza, la actual novia de Castellanos. Ahí encontraron el cadáver días antes.

Fue el despliegue policiaco para cumplir con la segunda orden de aprehensión y detener a la muchacha de 21 años que ya les había dicho cómo ocurrió el homicidio. Su papá la llevó a declarar cuando ella confesó que tenían el cuerpo de Eneyda en la casa.

Tristemente no ocurrió lo mismo cuando asesinaron a Aldo Alberto Galeana Tostado, estudiante del grupo 391 de la misma institución académica.

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El crimen contra Aldo, un brillante estudiante de informática, fue tan o más trágico que el artero asesinato de Eneyda Ramos.

Pero ni la comunidad exigió  justicia con el mismo ímpetu ni la policía mostró la preocupación que se vio en el caso más reciente. La de esta semana se ve como una tragedia, de malvada pasión del asesino y de inocente amor de la víctima.

El caso de Aldo, ocurrido en noviembre de 2012, quedó en otra historia del narco. Tan frecuentes que ya parecemos insensibles. No hubo la misma reacción. Para Aldo la justicia no avanzó con el cuidado y la rapidez mostrada en el drama de Eneyda.

Tres años después su muerte sigue impune.

Nadie levantó la voz.

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Parece que “Nadie es Aldo” aunque esta semana muchos repitieron “Todos somos Eneyda”.

La versión oficial indica que a Aldo lo secuestraron porque su hermano mayor tenía una deuda de drogas.

Las autoridades dijeron que el crimen estaba esclarecido porque explicaron cómo sucedió. Antonio Galeana Tostado, el fraterno mayor de Aldo tenía años traficando con estupefacientes.

Recuerdo que un investigador me dijo que la madre de ambos, Amparo, reconoció que su hijo Antonio tenía actividades sospechosas y que le guardaba fuertes cantidades de dinero.

Cuando el hermano mayor, aparentemente no les respondió a sus compinches narcotraficantes, fueron por el menor. Alguien pudiera decir que indirectamente se beneficiaba de la situación económica de su carnal. Habría que comprobarlo.

Aparentemente no tenía nada que ver con las ilegalidades de Antonio y él pensó que podría arreglar el problema y liberar a su hermano.

A los dos los secuestraron. Sus cadáveres aparecieron después con huellas de tortura y una bolsa de plástico en la cabeza (terrible coincidencia con el caso de Eneyda)  encontraron primero el cuerpo de Aldo de 22 años, tirado en una carretera.

Luego en condiciones similares horas después hallaron a Antonio.

Ambos homicidios permanecen sin castigo. Los narcotraficantes asesinos siguen operando. Libres.

La presumible inocencia de Aldo no fue vista de la misma forma que la de Eneyda. Hubo lamentos en redes sociales pero no hubo el mismo reclamo de justicia ni movilizaciones frente a oficinas del gobierno.

Por supuesto que tampoco hubo esos aparatosos operativos policíacos para capturar a los asesinos.

No es lo mismo ir por dos estudiantes enfermos que por criminales profesionales.

Por momentos todos fueron la voz de Eneyda pero todos callamos con Aldo.

Apenas el día en que se graduó la generación con la que Aldo debería haber concluido sus estudios, se escuchó un aplauso en el auditorio Rubén Vizcaíno de la UABC.

Que pena.

Que tragedia que aceptemos la justicia de los delincuentes y no la exijamos siempre de las autoridades.

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