PALABRAS,PALABRAS,PALABRAS…

Por Manuel Rosales Padilla
Tijuana,14 de diciembre de 2009.

Hacia El siglo XIII, concretamente en 1765, a un mesonero francés de apellido Boulanger se le ocurrió abrir un establecimiento para vender comida variada a los viajeros, acostumbrados en esa época a pernoctar en burdeles, mesones y a comer en hospederías de ínfima calidad lo que les sirvieran… cuando había.

Incluso los viajeros traían consigo su propio alimento, pues no siempre corrían con la suerte de encontrar un buen lugar donde les pudiesen dar de comer a cambio de unas monedas, y en la mayoría de las tabernas a donde llegaban a descansar, sólo vendían vino.

Algunos, los más afortunados, se hacían atender en hosterías, por familias, en una época en la cual el alimento no era muy abundante y la higiene para su preparación no era cosa corriente.

En su local de París, sobre la Rue du Polies, al visionario vendedor de sopas y de caldos se le ocurrió poner en marcha, con una variedad de alimentos acompañados de vino, el primer restaurante que hubo en el mundo.

Por fuera de su local, Boulanger colgó un letrero en el que se anunciaba, escrito en latín vulgar: Venite ad me omnes qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos, que traducido al cristiano dice más o menos así: “Vengan a mí, hombres de estómago cansado, que yo les restauraré sus fuerzas”.

Debido al éxito que obtuvo con esta modalidad de venta de comida, a este tipo de locales, se les comenzó a llamar precisamente restaurantes, tomando la palabra latina restaurabo, que proviene del verbo latino restaurare, que significa restaurar, restablecer, reparar o reconstruir.

Ello, en alusión al letrero colocado por Boulanger por fuera de su negociación, quien prometía restaurar las fuerzas de los cansados viajeros y mercaderes que recorrían la Europa de esos tiempos.

Indirectamente, la Revolución Francesa tuvo que ver con la popularización de los restaurantes, pues desplazados los aristócratas, sus grandes chefs y cocineros se sumaron al populacho y pusieron a su disposición la variedad de platillos que cocinaban para sus antiguos patrones.

Otra palabra asociada, sopa, deriva de suppa, que quiere decir tajada de pan remojada o ensopada, pues en el Medievo se usaba a manera de plato una rodaja de pan, sobre la cual se colocaba un trozo de carne o comida para condimentarlo, y luego lo cocían en agua hasta formar un caldo que daban a sus sirvientes. Eso era la sopa.

Por cierto, un estilo de sopa muy famosa, la llamada “Minestrone” (del italiano minestrare –administrar-) se le denomina así porque en cada casa a los comensales les era servida por la dueña, de un hondo recipiente al plato, con un cucharón a través del que “administraba” cada ración.

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